Pocas experiencias combinan mejor deporte, cultura y paisaje que recorrer la orilla del río Guadaíra junto a sus molinos a su paso por Alcalá: un sendero que serpentea entre azudas, torres almenadas y antiguas fábricas hidráulicas, acompañado siempre por el sonido del agua. Es un plan perfecto para familias, corredores, senderistas y amantes de la historia que buscan redescubrir Alcalá desde su corazón natural.
El Puente del Dragón, puerta de entrada a la ribera
El recorrido puede comenzar en el icónico Puente del Dragón, un enclave privilegiado con aparcamiento cercano y vistas directas al castillo almohade. Diseñado por el ingeniero José Luis Manzanares, este puente figurativo emula un dragón que emerge del cerro para cruzar el río. Inspirado en el trencadís y en la estética de Gaudí, se ha convertido en uno de los símbolos contemporáneos de la ciudad y en el “guardián” que da la bienvenida a quienes se adentran en la ribera.
Desde aquí, el paseo puede realizarse a favor o en contra de la corriente, siguiendo la senda que conecta los antiguos molinos que dieron fama a Alcalá como “la Alcalá de los Pintores”. Muy pronto aparece el Molino del Realaje, con su torre central y su gran azud canalizando el agua. Conserva sala de molienda, almacén y la vivienda del molinero, un conjunto que muestra cómo la fuerza hidráulica modeló la economía local durante siglos.
De Vadalejos al puente romano
La ruta continúa hacia los antiguos molinos de Vadalejos, situados frente al castillo y rodeados antaño de fértiles huertas. En este entorno confluyen también manantiales históricos como la Fuente de la Judía o la Fuensanta, cuyas aguas fueron clave en el abastecimiento de la ciudad. Muy cerca se alza el Puente de Jesús el Nazareno, conocido popularmente como “puente romano”. Con siete arcos y siglos de reformas, fue uno de los principales pasos estratégicos sobre el Guadaíra.
En el Parque de San Francisco se encuentra el Molino de las Eras, pequeño pero lleno de historia, alimentado por el manantial de la Fuente del Concejo. Desde aquí, cruzando la ribera, el sendero conduce hacia el Molino de la Tapada, reconocido por los frescos heráldicos recuperados en su fachada, y el Molino del Algarrobo, con su torre almenada y su imponente cárcavo de cinco metros de ancho.
Oromana y los grandes molinos del tramo final
Uno de los puntos más fotografiados es el Molino de Oromana, cuya atarjea elevada sobre un arco abovedado se ha convertido en imagen icónica del parque. La estructura, que conducía el agua hasta los cubos del molino, funciona hoy como mirador natural sobre el paisaje ribereño.
Más adelante se levantan el Molino de San Juan, con su torreón y azuda de 24 metros, y el Molino de Benarosa, ejemplo clásico de molino de rodezno en el que el agua represada impulsaba las ruedas hidráulicas que movían las piedras de moler. El recorrido culmina en el Molino de la Aceña, un complejo hidráulico de origen árabe con cinco lechos de molienda y una azuda transitable de 30 metros que permite elegir la ribera por la que regresar.
